Adopción de posturas.

Unos padres adoptivos acusados de asesinar a su pequeña de origen chino. Nadie cuestiona las adopciones por parte de parejas heterosexuales. Es lógico, no debe plantearse ningún debate. Estamos ante un hecho aislado. Optemos por juzgarlos individualmente, enfermos mentales, malas personas o como queráis llamarlos.
Una pareja homosexual quiere adoptar o, en el mejor de los casos, adopta a un bebé y, automáticamente, la sociedad entera los juzga, a favor (sí!), en contra, debates de todo tipo, especulaciones varias sobre la moralidad del asunto y un sinfín de oportunistas asegurando su sabiduría entorno al tema. Y sin ser acusados, ni mucho menos, de un asesinato a su pequeña.
No quiero ni imaginar los subdebates y condenas que hubiera sufrido el colectivo gay si los presuntos asesinos hubieran sido dos hombres o dos mujeres. Un hecho aislado extendido por doquier, parejas homosexuales de toda índole como blanco de las miradas de las supuestas familias perfectas.
Una vez escuché (nadie sabe lo que me arrepentí de dedicarle mi valioso tiempo a semejante sandez) que “si un niño se cría entre dos homosexuales tiene todas las papeletas de serlo también. Qué mal ejemplo, es impensable, qué dirán sus amigos en el colegio…”.
Pues bien. No conozco a ningún gay ni a ninguna lesbiana hijo de padres homosexuales. Y os aseguro que he conocido bastantes. Más bien al contrario. Todos provienen de familias heterosexuales clásicas, algunas incluso responden al modelo católico más intolerante. La mayoría ni siquiera habían conocido a ningún homosexual antes de identificarse con esa tendencia o, en el peor de los casos, hasta habían crecido en un ambiente que los castigaba. Como puede observarse, los resultados de mi estudio revelan unas conclusiones escalofriantes: los homosexuales provienen de familias modelo, normales en esencia. Algo habrán hecho mal estos padres, ¿no?
Ahora que ser o no ser gay (esa es la cuestión) ya parece, o queremos hacer que parezca, algo normalizado y aceptado por la sociedad (tengo mis dudas en algunos casos), el nuevo obstáculo vuelve a ser la adopción por parte de estas parejas.
De nuevo, conozco más niños hijos de padres heterosexuales con problemas de todo tipo, falta de atención y cariño, traumas irreversibles o que viven en un ambiente que yo no calificaría de adecuado para un menor.
Sin embargo, no hay debate. ¿Para qué? Es mucho más cómodo acusar lo diferente. Temblar por lo que digan otros niños en el colegio (¡Qué barbaridad!), como si ningún compañero se metiera con los hijos de los heterosexuales (basta ser un poco más gordo, más delgado, más alto, más bajo, más timido, cualquier excusa es buena en el cole…pues sumemos a esta lista ser más hijo de homosexuales, total, si no es por este motivo buscarán otro).
Esas mentes que van por la vida sembrando teorías y castigan a aquellos en los que focalizan sus propias frustraciones, por favor, cierren la puta boca ya. Las parejas homosexuales que se quieren son felices y les importa una mierda lo que ustedes digan cuando están en la cama disfrutando lo que ustedes no llegarán a disfrutar nunca. Y esas mismas parejas homosexuales, después de una vida sexual plena y satisfactoria, salen de la cama y van a trabajar incluso mucho mejor que usted, pues de siempre se ha dicho que el sexo, si es bueno, se refleja en las demás facetas de la vida. Y fuera de la cama, también limpian la casa, hacen cursos de inglés, toman cañas con sus amigos heterosexuales, lloran, escriben, van al cine o llevan a sus hijos al cole por la mañana…sin pensar en las perversiones que solamente ustedes creen que tienen en la cabeza. ¿No será que los que piensan continuamente en vicios son ustedes?
Pues bien. Yo tampoco generalizo. Hablo de unos heterosexuales concretos, los más rancios. Seguimos en un hecho aislado. Yo no condeno a todo el colectivo heterosexual. Y mucho menos pretendo entablar debate. Más bien escribo bajo un sentimiento de tolerancia a todas las tendencias. Dejen ya de debatir temas absurdos y limítense a priorizar el bienestar del menor. Y ese bienestar sólo puede ser el amor de tus padres, indiferentemente de la combinación de géneros.

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¡Alto al fuego!

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Dos siluetas desnudas de mujer sobre el colchón, cuerpo frente a cuerpo. Cuatro pechos disputándose el deseo en una encarnizada lucha de dos contra dos. Vacila el vientre oprimiendo al adversario, le acorrala desde arriba y le empuja con sudor. Las piernas se entrecruzan y empuñan las sábanas. Ambas jadean, resbalan, caen al suelo. Disparan gemidos y golpean la mesa. Se abrazan, se besan. Alguien entra en la habitación y grita “¡Alto al fuego!”. Y ellas se entregan, ya sin armas.

Cucarachas


Cecilia sufría dos obsesiones en su vida: una dependencia autodestructiva hacia su novio Javier y una fobia irreversible y cada vez más acentuada hacia todo tipo de cucarachas. Cucarachas…La mera pronunciación de la palabra cu-ca-ra-cha, con esa fonética tan redundante y cacofónica, le evocaba por sí misma una repugnancia casi exacta a la que sentía cada vez que se topaba con uno de esos bichitos oscuros y veloces. Se trataba de una reacción física inevitable, un escalofrío se apoderaba de cada poro de su piel en cuanto divisaba la presencia del enemigo. Y esos encuentros fortuitos habían dejado de serlo, pues Cecilia vivía atormentada por detectar cucarachas allá donde fuera, aniquilando la casualidad con una revisión enfermiza de todos los rincones que alcanzaba. Y, sin darse cuenta, iba perdiendo a Javier, incapaz de pisarlas.

Marta del Castillo (In memoriam)

Me cuesta mantener la tele en equilibrio.

Marta se ha ido del castillo.

 

No hay perdón humano para el malo

que osa echar del cuento a la princesa,

¿cuántos niños sin hazañas se han quedado

en esta España de crímenes repleta?

 

                    llora,

                    llora

                  y llora

                  Sevilla

              tu ausencia.

 

La boca del lobo tiene los dientes contados.

Será que el héroe ya no vence con promesas

y ya nadie teme al hombre del saco.

 

Cientos de jueces pierden el juicio a diario

y en los tribunales desfilan abogados del diablo.

 

Que alguien me explique el sentido

de un cuento aniquilado

y por qué existen finales tristes

con tan sólo diecisiete años.

 

                    llora,

                    llora

                  Sevilla…

     Sevilla ¡y el mundo entero!

               tu ausencia.

 

No puedo sentirme libre

si libre se declara a un asesino.

 

Todos, al final, acabamos entre rejas.

 

Si no, que se lo pregunten al río, a ver qué cuenta,

si por sus aguas nada, perdida,

nuestra anhelada princesa.

O a los juncos, las flores o la luna…

¡dejadles a ellos hablar de belleza!

 

De algunos humanos ya no me fío…

Verdad sólo hay una

y no se interpreta.

 

Tanatorio

Pepe y Fernando se hablaron. Eran las cuatro y veinte de un caluroso día de julio.

– Siento mucho lo ocurrido- pronunció Fernando, extendiendo su mano derecha hacia su antiguo cuñado. Por la sala del tanatorio deambulaban varios cadáveres alrededor del cadáver anfitrión y Pepe, que llevaba varias horas velando a su hermano, despertó de su letargo al escuchar la voz. Hacía más de veinte años que no se dirigían la palabra y aquella interrupción le sobresaltó por dentro. Recordó los partidos de tenis de los domingos de su juventud y reconoció aquella mano envejecida que ahora esperaba un apretón de los de antaño. El silencio se impuso en la sala y Pepe se sintió vivo por primera vez en mucho tiempo.

– Es mejor así- dijo, convencido de no morir nunca más.

Teoría del “Yoísmo”

La siguiente teoría está basada en la observación exhaustiva del ser humano durante años. Los datos se han recogido en un amplio abanico de espacios (casas particulares, cafeterías, calles, bancos, supermercados, puestos de trabajo…), afecta indistintamente a cualquier estrato social (amas de casa, ejecutivos, universitarios, abogados, inmigrantes, desempleados, pobres, pijos, raperos, quillos, hippies…) y no muestra variaciones generacionales (se da en ancianos, jóvenes, adolescentes y personas de mediana edad).

Yo misma he bautizado mi propia teoría con el nombre de Yoísmo por la relación que guardan mis observaciones con el pronombre personal de primera persona. He aquí un primer esbozo teórico:

Se considera Yoísmo al esquema básico que siguen el 99% de las conversaciones que mantiene el ser humano primitivo. Un ejemplo ilustrativo del mencionado esquema sería una hipotética conversación como la siguiente:

Interlocutor 1: Inicia la conversación con una anécdota personal, un problema propio o un sentimiento en primera persona. Su intervención está vinculada a la primera persona, es decir, los hechos que relata, de alguna manera u otra, están relacionados o protagonizados por él mismo.

Interlocutor 2: Inicia su turno de habla sin desviarse del tema introducido por el interlocutor 1, pero focaliza esta vez sobre él mismo, es decir, no comenta prácticamente nada de la anécdota, el problema o sentimiento de su interlocutor, sino que los utiliza de referente para iniciar una nueva anécdota, problema o sentimiento vinculados a él mismo.

Interlocutor 1: Retoma su turno de habla con la continuación de su primera intervención, es decir, continúa hablando de su anécdota, problema o sentimiento como si el interlocutor 2 no hubiera intervenido.

Interlocutor 2: Retoma su turno de habla con la continuación de su primera intervención, es decir, continúa hablando de su anécdota, problema o sentimiento como si el interlocutor 1 jamás hubiera intervenido.

Y así sucesivamente hasta que se acaba el café.

A continuación les mostraré un fragmento del corpus que ha servido de base para mi investigación, en el que se observa claramente cómo ambos interlocutores siguen el esquema descrito anteriormente y, por lo tanto, a ambos les podemos aplicar la denominación de Yoístas:

Interlocutor 1: Ana, desde que lo dejé con Pedro no levanto cabeza…

Interlocutor 2: No te preocupes, yo desde que lo dejé con Alex hasta que estuve bien del todo pasaron casi tres meses.

Interlocutor 1: …pero es que hoy me ha llamado Pedro y me ha dicho que me echa de menos.

Como se puede observar, el interlocutor 1 expone un sentimiento personal que el interlocutor 2 utiliza de referente para una anécdota propia. En su segunda intervención, el interlocutor 1 continúa su relato como si el interlocutor 2 no hubiera intervenido.

El siguiente ejemplo, totalmente ficticio, supondría una ruptura del esquema expuesto y, por lo tanto, si se sucediera, anularía la teoría a la que nos venimos refiriendo:

Interlocutor 1: Ana, desde que lo dejé con Pedro no levanto cabeza…

Interlocutor 2: Ya, te he notado un poco triste últimamente. ¿Qué te pasa?

Interlocutor 1: Que no quiero volver con él, pero me manda mensajes diciéndome que me echa de menos…

Como se puede observar, el Interlocutor 2 no actúa bajo un esquema yoísta, ya que centra su atención en la intervención de su interlocutor, alejándose a él mismo de la conversación y convirtiéndose, a su vez, en partícipe de lo que le están contando. Cuando esto ocurre, podemos hablar de Lapsus.

Los Lapsus se dan de manera espontánea y casi imperceptible y están motivados por varios factores (cada uno de los cuales podemos considerar en este punto como excepciones a esta teoría):

1. Se produce un lapsus en el interlocutor 2 cuando el interlocutor 1 inicia la conversación con algún tema de carácter sexual (este lapsus dura poco y, en breve, se pasa a copiar el esquema de intervenciones)

2. Se produce un lapsus en el interlocutor 2 cuando el interlocutor 1 inicia la conversación criticando a una tercera persona.

3. Se produce un lapsus en el interlocutor 2 cuando éste está enamorado del interlocutor 1 e intenta seducirlo reprimiendo su naturaleza yoísta.

Habitación 206

Es curiosa la muerte. Hace unos días vino a visitarnos. Se coló, tras previos amagos de aviso, entre mis primas, esquivó a mis tíos, saludó a mi madre, sonrió y se plantó delante de la cama. Estuvo observando a la anciana durante horas. Vaciló delante de ella y ante la espectación de todos. Le pedimos educadamente que abandonara la habitación de aquel hospital, que durante semanas se había convertido en una especie de punto de encuentro entre todos los miembros de mi familia. Allí nos veíamos todos, fuera la hora que fuera. La habitación 206 era un desfile de jóvenes. Los García se paseaban pasillo arriba, pasillo abajo; entraban, salían, se despedían, reían, se preocupaban. Y ahí estaba la anciana, tendida sobre las sábanas blancas, quejándose la mayoría del tiempo de un dolor que nadie comprendía, y ella lo presentía. A veces reía entre tanto sufrimiento. Otras veces yacía adormilada, pero todos sabíamos que nos escuchaba.

La muerte la observaba irónicamente. Volvimos a pedirle, siempre amablemente, que se marchara. Hizo caso omiso. Estuvo frente a la anciana durante semanas, siempre observándola sin desviar la mirada. A veces se acercaba a ella, otros días amanecía alejada junto a la puerta. Pero no se marchó ni un solo minuto, a pesar ya de nuestras amenazas.

La última tarde que vi a mi abuela, entendí que la muerte se cansó de esperarla.