Es curiosa la muerte. Hace unos días vino a visitarnos. Se coló, tras previos amagos de aviso, entre mis primas, esquivó a mis tíos, saludó a mi madre, sonrió y se plantó delante de la cama. Estuvo observando a la anciana durante horas. Vaciló delante de ella y ante la espectación de todos. Le pedimos educadamente que abandonara la habitación de aquel hospital, que durante semanas se había convertido en una especie de punto de encuentro entre todos los miembros de mi familia. Allí nos veíamos todos, fuera la hora que fuera. La habitación 206 era un desfile de jóvenes. Los García se paseaban pasillo arriba, pasillo abajo; entraban, salían, se despedían, reían, se preocupaban. Y ahí estaba la anciana, tendida sobre las sábanas blancas, quejándose la mayoría del tiempo de un dolor que nadie comprendía, y ella lo presentía. A veces reía entre tanto sufrimiento. Otras veces yacía adormilada, pero todos sabíamos que nos escuchaba.

La muerte la observaba irónicamente. Volvimos a pedirle, siempre amablemente, que se marchara. Hizo caso omiso. Estuvo frente a la anciana durante semanas, siempre observándola sin desviar la mirada. A veces se acercaba a ella, otros días amanecía alejada junto a la puerta. Pero no se marchó ni un solo minuto, a pesar ya de nuestras amenazas.

La última tarde que vi a mi abuela, entendí que la muerte se cansó de esperarla.

   
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