Pepe y Fernando se hablaron. Eran las cuatro y veinte de un caluroso día de julio.

– Siento mucho lo ocurrido- pronunció Fernando, extendiendo su mano derecha hacia su antiguo cuñado. Por la sala del tanatorio deambulaban varios cadáveres alrededor del cadáver anfitrión y Pepe, que llevaba varias horas velando a su hermano, despertó de su letargo al escuchar la voz. Hacía más de veinte años que no se dirigían la palabra y aquella interrupción le sobresaltó por dentro. Recordó los partidos de tenis de los domingos de su juventud y reconoció aquella mano envejecida que ahora esperaba un apretón de los de antaño. El silencio se impuso en la sala y Pepe se sintió vivo por primera vez en mucho tiempo.

– Es mejor así- dijo, convencido de no morir nunca más.

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