Cecilia sufría dos obsesiones en su vida: una dependencia autodestructiva hacia su novio Javier y una fobia irreversible y cada vez más acentuada hacia todo tipo de cucarachas. Cucarachas…La mera pronunciación de la palabra cu-ca-ra-cha, con esa fonética tan redundante y cacofónica, le evocaba por sí misma una repugnancia casi exacta a la que sentía cada vez que se topaba con uno de esos bichitos oscuros y veloces. Se trataba de una reacción física inevitable, un escalofrío se apoderaba de cada poro de su piel en cuanto divisaba la presencia del enemigo. Y esos encuentros fortuitos habían dejado de serlo, pues Cecilia vivía atormentada por detectar cucarachas allá donde fuera, aniquilando la casualidad con una revisión enfermiza de todos los rincones que alcanzaba. Y, sin darse cuenta, iba perdiendo a Javier, incapaz de pisarlas.

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